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Capturando sabiduría en los contrastes En cada nacimiento, la unión de materia física y energía crea un ser humano autónomo completo que contiene vida, aunque solo biológicamente. Aun no es una vida independiente y sustentada por su propia fuerza y su desafío radicará entonces, en la forma en que aborde el proceso vital del crecimiento, desarrollo y consumación de su potencial. Guiados lógicamente por el instinto de supervivencia, nos vemos obligados a seguir los mandatos externos, pero luego necesitaremos cambiarlos por nuestra propia individualidad para sentirnos autorrealizados. De lo contrario, sucede lo conocido: el poder de simplicidad, integridad y sinceridad que tenemos de niños suele perderse en la precipitación adulta por la obtención de sofisticación y progreso material, sustentado en lo aprendido de nuestros padres que modela y estructura nuestra cosmovisión inicial; de jóvenes, empezamos a experimentar frustraciones y anhelos adultos pero carecemos de madurez para conducirnos, somos energía sin dirección; de adultos, pasamos a ser dirección sin energía suficiente y por eso nos enfermamos de miedo, inseguridad, desinterés, soledad, hipersensibilidad, desaliento, soberbia, engreimiento o preocupación excesiva y finalmente en la vejez, retirarse de la vida es prepararse para la muerte porque todos nuestros valores los hemos construido sobre lo físico y material y así, esta etapa es símbolo de inactividad y declinación. Solemos pasar nuestra existencia dentro de un frasco de conserva creando nuestro propio vinagre, al dejarnos absorber constantemente por el dramatismo aparente de la vida. Llegamos a cegarnos y a utilizar todo nuestro poder para no enfrentarnos a una experiencia dolorosa porque nos resistimos a comprender su significado verdadero. Los conflictos llevan inherente su propia solución y existen para que aprendamos a madurar espiritualmente. Solo nuestra falta de integridad y flexibilidad hará que nos atasquemos en el proceso, originando problemas cada vez mayores. Tenemos la tendencia a repetir lo aprendido pero la vida misma nos va obligando a saltar al futuro, sitio donde no hemos estado antes. Un mundo inactivo no es desafiante, nos aísla de la búsqueda y nosotros hemos sido creados de forma que el mayor placer se derive de nuestro propio esfuerzo. Y realmente no hay mayor satisfacción que superar la adversidad. Los obstáculos hacen nuestra alegría mucho mas grande cuando obtenemos lo deseado. No apreciaremos la felicidad si no luchamos por conseguirla, ya que todo lo que viene fácilmente suele perder su valor ante nuestros ojos. Para eso, día a día nuestra integridad es desafiada enfrentándonos a las tradiciones, opiniones, exigencias, conflictos y condicionamientos del pasado, pues cada uno de nosotros deberá revelar su identidad a través de las experiencias, que nos van enseñando lo que significa nuestro potencial ante la vida. Y frente a esto es necesario que cada uno de nosotros aprenda a valerse por sí mismo, ya que si siempre es ayudado, pierde su propia capacidad de ayuda. Todos hemos nacido con tremendos recursos y capacidades inestimables y una forma de ser productivos es descubrirlos. Aunque no somos libres de cambiar nuestro potencial de existencia, sí lo somos de decidir lo que vamos a hacer con él. Tenemos la libertad de utilizarlo productiva o destructivamente y esas decisiones irán determinando el modo en que viviremos y nuestro ritmo evolutivo de conciencia. Vivimos entre el blanco y el negro perdiéndonos de todo el colorido intermedio que es la riqueza de la vida. Toda división y aferramiento a una polaridad, implica peligro de desequilibrio, por eso, ante el desborde y la exageración de una actitud, atraeremos situaciones que nos inciten a revelar su opuesta, para equilibrar. Las crisis son alquímicas por naturaleza, incentivan en nosotros el arte de la transformación. Son el lenguaje que utiliza el alma para despertarnos. En la búsqueda de nuestra realización, debemos sufrir lo opuesto a nuestra intención para conocer la totalidad. De allí que el sentido de lo que nos pasa sea incitarnos al cambio, a convertir las crisis en lecciones aprendidas, obstáculos superados, fuentes de una virtud ganada. Toda experiencia necesaria hará acto de presencia en nuestra vida para darnos la oportunidad de integrar conocimiento y ampliar nuestra sabiduría, algo que solo se puede capturar en el contraste crítico de los cambios. Es muy diferente estar conscientemente preparado a enfrentarse a una dificultad que estar predeterminado. Si no nos ocupamos de estudiar y comprender nuestros propios ciclos de transformación, iremos acumulando el desorden y la desorientación en nuestra vida, creando modelos inconscientes cada vez más viciosos. Entramos en armonía luego de un trabajo personal de entendimiento y aprendizaje del propósito de los conflictos que se nos presentan y en este camino, lo más importante es la creación, dentro de uno mismo, de una actitud positiva y consciente, acompañada de la valentía necesaria para enfrentarse al propio desarrollo espiritual. 
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